A comienzos del siglo XX, Francia seguía profundamente marcada por el trauma de la guerra franco-prusiana, el auge del nacionalismo y las tensiones políticas derivadas del caso Dreyfus. En ese contexto, la figura de Juana de Arco adquirió un enorme valor simbólico como heroína nacional, mártir patriótica,
y encarnación espiritual de Francia. La canonización oficial llegaría en 1920, pero ya en torno a 1900 Juana de Arco era utilizada por distintos sectores políticos y culturales como símbolo de unidad nacional y redención patriótica. Juana de Arco constituye una de las primeras grandes reconstrucciones históricas del cine y demuestra cómo el cinematógrafo comenzó rápidamente a apropiarse de episodios históricos,
figuras nacionales y relatos patrióticos. La película recorre diversos momentos de la vida de Juana de Arco mediante decorados teatrales, escenas encadenadas y elaboradas composiciones visuales. Méliès abandona aquí parcialmente el puro espectáculo fantástico para aproximarse a la narración histórica,
el drama patriótico y la reconstrucción del pasado nacional. El filme resulta especialmente importante porque anticipa el cine histórico, la épica nacionalista y las superproducciones históricas posteriores. Además, revela cómo el cine naciente se convirtió muy pronto en constructor de memoria colectiva. La elección de Juana de Arco no fue casual: En una Francia herida aún por la derrota de 1871 y dividida políticamente por el caso Dreyfus, la heroína medieval representaba resistencia, sacrificio
y redención nacional.



