José Mª Caparrós Lera

Una declaración de principios

by Tomás in Ensayos

CineHistoria reproduce aquí un artículo del Dr. Caparrós, en defensa del valor pedagógico del cine para la enseñanza de la Historia:

Introducción

Aunque el sociólogo Pierre Sorlin, uno de los principales teóricos sobre las relaciones entre Historia y Cine, haya defendido lo contrario en Filmhistoria Online, vol. XI, núm. 1-2, 2001 (www.pcb.ub.es/filmhistoria), los que hemos seguido las huellas del pionero Marc Ferro estamos convencidos de tal posibilidad. Sin remontarnos a las teorías del gran precursor, Siegfried Kracauer (De Caligari a Hitler. Una historia psicológica del cine alemán), que ya demostraba en 1947 cómo el nazismo o el «alma alemana» estaba implícita en la producción cinematográfica de la República de Weimar, el maestro Ferro es el historiador que más y mejor ha luchado por el reconocimiento de esta nueva forma de comprender y enseñar la Historia. No sólo con las publicaciones y los documentales didácticos que este prolífico historiador de Annales dio a la luz desde los años 60-70, sino demostrando asimismo las posibilidades del cine de ficción como fuente y agente de la ciencia histórica (Historia contemporánea y cine).

Paralelamente, surgieron en Gran Bretaña y los países centroeuropeos otros teóricos (Paul Smith, Ken Short, Anthony Aldgate, Kastern Fledelius, Nicholas Pronay, Stephan Dolezel, David Ellwood), que consolidarían lo que se ha llamado Cinematic Contextual History. Una «escuela contextual del cine» que tendría, en las últimas décadas del siglo XX, también su continuidad en España (Hueso, Monterde, Drac Màgic, Centre d’Investigacions Film-Història).

Por tanto, aquéllos que llegamos después, encontramos un terreno bastante roturado, pero todavía por desarrollar, en el ámbito académico hispano. Sólo los avances de diversos historiadores norteamericanos (Martin A. Jackson, John O’Connor… hasta Robert A. Rosenstone), que trabajan científicamente el cine como documento y «nueva escritura» de la Historia, han comenzado a recibir la aceptación del mundo universitario y de un creciente sector de aficionados.

Si en la Universidad de Barcelona, siguiendo los pasos del profesor Ángel Luis Hueso, en la de Santiago de Compostela explico la Historia Contemporánea a través de las películas desde el curso 1989-1990, en la Complutense destacan otros colegas (Emilio C. García Fernández, María Antonia Paz, Julio Montero), en cuya Facultad de Comunicación Audiovisual, el primero acaba de editar un monográfico sobre este mismo tema («Historia y Cine», Cuadernos de Historia Contemporánea, núm. 23, 2001) y los dos últimos ya han organizado las IV Jornadas Internacionales de Historia y Cine; al igual que el profesor Santiago de Pablo en la Universidad del País Vasco («Cine e Historia», Historia Contemporánea, núm. 22, 2001).

Una nueva materia de estudio

El auge que está adquiriendo esta aún joven materia, se ha plasmado en las recientes publicaciones puestas al alcance de los estudiantes. Un público intelectual, que cada vez más se asoma a la pantalla con «ojos nuevos»: viendo el filme como fuente instrumental o testimonio de la Historia.

Pues si, por un lado, las películas producidas sobre el pasado reciente (que denominamos «de reconstitución histórica», en el sentido de resurrección que le daba Max Weber) evocan mejor o peor, pero con clara voluntad historiográfica, los grandes hitos de la Historia Contemporánea, los filmes realizados en su propio periodo (llamados «de reconstrucción», según la terminología de Marc Ferro) poseen un valor socio-antropológico que, con el paso del tiempo, cobrará verdadera entidad como documento histórico. La razón es obvia: tales filmes testimonian el hoy o el ayer de los hombres y las mujeres de una determinada época, retratan a la gente, su modo de vivir, sentir, comportarse, vestir e incluso de hablar. Pensemos en Los mejores años de nuestra vida (1946) o Rebelde sin causa (1955).

Sin embargo, las películas que reconstituyen el pasado, venía a decir Pierre Sorlin (Sociología del cine) nos hablan más de cómo era o es la sociedad que las ha realizado, de su contexto, que del hecho histórico o referente que intentan evocar. Por ejemplo, La Marsellesa, de Jean Renoir (1937), clarifica más cómo era la gente del Frente Popular galo que lo que realmente fue la Revolución Francesa. Mientras la también magistral obra de Rohmer, La inglesa y el duque (2001) viene a ser una lectura «revisionista» del hecho revolucionario sobre la base de las memorias de una aristócrata coetánea. No obstante, ambas películas nos aproximan a la Revolución Francesa acaso con mayor fuerza que los libros, porque vemos y sentimos muy de cerca las vivencias de sus protagonistas.

Así, si la escuela contextual defiende el análisis del filme como reflejo o retrato de la sociedad que los produce, a la posmodernidad que promulga Robert A. Rosenstone le interesa primordialmente cómo los filmes explican y se relacionan con la Historia, o sea, el cine como otra escritura en imágenes del pasado o del mismo presente. De ahí que en 1995, este teórico rompiera una lanza en favor de la cuestión planteada al principio: «Ha llegado el momento en el que el historiador debe aceptar el Cine como un nuevo tipo de Historia, junto a la oral y a la escrita.”

Fuente: CAPARRÓS LERA, José Mª. (5 de mayo de 2002). “¿Es posible explicar la Historia con el Cine?”. Diario ABC.