Sobre el autor

Sobre el autor

Tomás Valero Martínez es licenciado en Historia por la Universidad de Barcelona, autor de tres libros y de numerosos artículos. Ha impartido conferencias sobre cine y educación en varias Comunidades Autónomas. Es, además, el creador de CineHistoria.com, sitio especializado en las relaciones entre cine e historia, que ha sido citado en publicaciones como los diarios 'ABC' o 'El país', lo que ha propiciado, además, ser entrevistado en medios de comunicación como Mataró Ràdio, Radio Internacional, Radio Vitòria o la Xarxa de Televisions Locals de Catalunya.

Rodar una película. Acabar con las listas negras

Espartaco
Espartaco (Stanley Kubrick, 196o)

Todo el mundo conoce a Kirk Douglas. Ha sido uno de los actores más emblemáticos de Hollywood durante décadas. Ha interpretado papeles de galán, y, a veces, de villano, en incontables películas de aventuras, cine negro, románticas o históricas. El actor del hoyuelo en el mentón es mundialmente reconocido, y su cara e interpretaciones forman parte ya de la memoria colectiva de la humanidad. Pero gran parte del público desconoce su labor como productor. En este libro, Kirk Douglas relata las circunstancias del rodaje de Espartaco, la mítica película sobre la historia, basada en hechos reales, de una revuelta de gladiadores y esclavos contra Roma. Porque Espartaco no sólo fue y es una gran película, sino que tuvo la virtud de acabar con las listas negras, una forma de marginación social y laboral, herencia del macarthysmo y de la guerra fría.

Kirk Douglas comienza relatándonos sus inicios en Hollywood, en 1945, y que en su primer día de rodaje como
protagonista de El extraño amor de Marta Ivers, el director y el guionista estaban en huelga. Poco después ambos
serían incluidos en la lista negra, y no podrían hacer películas durante muchos años en América.

Todo comenzó cuando en ese mismo año el American First Party perpetró un ataque contra los judíos de Hollywood, acusándolos de “extranjerizantes”. Como la Segunda Guerra Mundial había acabado, y ahora, la Unión Soviética era el enemigo, todo lo que tuviera que ver con el comunismo y Rusia, empezó a observarse con desconfianza. Como los judíos americanos, en su mayoría, procedían de la Europa Oriental y Rusia, pasaron de ser perseguidos por los Nazis, a ser escrutados por los americanos. La industria cinematográfica era un sector donde muchos judíos e intelectuales con simpatías hacia la izquierda, hacían su trabajo. Enseguida, los grandes magnates de Hollywood, también mayoritariamente judíos, asustados por la oleada de desconfianza, y por perder el gran poder que detentaban, se sumaron a esta persecución en La declaración del Waldorf. Se trataba de un documento donde se comprometían a no contratar a ningún comunista, así como tampoco a cualquiera que se negara a testificar en el Comité del Senado (HUAC), formado para purgar esta filiación política. Evidentemente,  esto iba contra la Constitución, la Primera Enmienda, referente a la libertad de conciencia, pero nada de esto parecía importar en aquellos momentos de miedo y de paranoia. Un grupo de nueve guionistas y un director fueron llamados por el Comité, y se negaron a testificar. Ellos fueron Los Diez de Hollywood. En adelante, sus carreras se congelaron. Nadie los contrataría. Comenzaron los problemas económicos. Algunos vieron cómo se rompían sus matrimonios, otros se suicidaron, y todos ellos vieron cómo sus vidas cambiaban radicalmente, y eran objeto de marginación laboral y social. Centenares de nombres comenzaron a engrosar las listas negras. Así se inauguró la llamada caza de brujas.

En aquella época, Kirk Douglas era un actor que intentaba abrirse paso en su carrera. Algunos amigos suyos padecieron el descrédito, la marginación,  y la ruina de sus vidas, lo que comportaba ser un blacklisted. Pero quizá, la más importante y simbólica víctima de todas fue Dalton Trumbo. Recientemente, se ha estrenado una excelente película sobre su vida en esta época (Trumbo. La lista negra, 2015), que muestra, perfectamente, parte de lo que aquí se describe, pues, no en vano, el libro de Douglas recoge materiales propios, y, también, de las memorias del genial escritor y guionista.

En 1950, Kirk Douglas era ya una estrella consagrada. Hacía poco había estrenado con gran éxito de taquilla El ídolo de barro (1949). Mientras Douglas recibía 75.000 dólares por película, Dalton Trumbo, que había sido el guionista mejor pagado de Hollywood, sólo ingresaba su pecunio carcelario. A la vez, otro escritor llamado Howard Fast, también víctima de las listas negras, y, tal vez, influido por su situación, comenzó a investigar y escribir una novela sobre la esclavitud y los instrumentos de represión en la antigua Roma. Seis editoriales rechazaron su publicación, debido a que las listas negras también se extendían a este medio. Fast, con la ayuda de su esposa, hubo de publicar él mismo su novela. Evidentemente, apenas hubo alguien que leyera el relato.

Entre tanto, Dalton Trumbo, después de pasar diez meses en la cárcel, se mudó a México, mientras hubo otros que, como Edward Dymitrik, para no morir de hambre, finalmente, declararon. Un guionista tenía más medios para eludir las listas negras publicando por medio de seudónimos, o a través de amigos. Pero un director, o un actor, no podían utilizar estos subterfugios, y la alternativa era declarar y delatar, o ver sus vidas profesionales completamente arruinadas.

Kirk Douglas describe vívidamente el universo de amigos y conocidos relacionados con la caza de brujas que tejieron una atmósfera de desconfianza, secretismo, venganzas personales, e ingratitude, que acompañaron el trabajo en los estudios. William Wyler, el influyente director de cine, decidió abandoner, temporalmente, el país, cuando se enteró de que se avecinaba la declaración de Elia Kazan. Afortunadamente, se embarcó en un rodaje en Italia, que tendría por fruto Vacaciones en Roma (1953), con guion de Dalton Trumbo, algo que algunos sabían, pero que no era tan fácil de demostrar. Muy poco tiempo después, Kirk Douglas fundaba Bryna, nombre original en ruso de su madre, la productora que le permitiría cierta independencia en su trabajo cinematográfico.

Aunque el Comité de Actividades Anti-Americanas (HUAC) había remitido en su actividad, tras el obtuso ataque de MacCarthy a militares norteamericanos, como se puede ver en la película Buenas noches y buena suerte (2005), las listas negras continuaban. Kirk Douglas hubo de firmar un documento de fidelidad para seguir trabajando, sin tener en cuenta su pasado como soldado de los Estados Unidos en el frente del Pacífico, durante la Segunda Guerra Mundial. Sus ideas políticas no le impidieron mantener una buena amistad con feroces conservadores como Walt Disney o John Wayne, ambos, también acérrimos anticomunistas, y defensores de las listas negras.

En 1956, hubo dos acontecimientos de importancia: la desestalinización y la revelación de algunos errores del comunismo hicieron que el novelista Howard Fast renegara públicamente de esta ideología. Ese mismo año, se estrenó Atraco Perfecto, de Stanley Kubrick, película que encantó a Douglas, y que hizo que se fijara en este joven director. A continuación, decidió contar con él para rodar la película Senderos de gloria. Como era una película antimilitarista, tuvo que ofrecer Los vikingos a United Artist, cuyas perspectivas comerciales eran muy buenas, a cambio de obtener la financiación necesaria1. Ese mismo año, Dalton Trumbo ganaba su segundo Óscar como Robert Rich por El niño y el toro. Para Hollywood fue algo particularmente embarazoso, puesto que nadie pudo recoger el premio, y todo el mundo sabía por qué.

Capítulos centrales. Espartaco

Para 1958, la novela de Howard Fast había conseguido, ¡por fin!, llegar al gran público. Eran millones las personas que la habían leído. Kirk Douglas, también, y quiso comprar los derechos de su adaptación al celuloide. Pero el problema era que su autor quería escribir el guion, y muchos escritores no son muy buenos guionistas. Y, además, había otro gran estudio interesado en hacer otra película de gladiadores, y tenían avanzado el guion, así como la contratación de Yul Brynner y Anthony Quinn.

Hubo que hacer varios cambios de la novela al guion. En la novella, la historia de Espartaco se cuenta en pasado, en
forma de flashback, y muere en medio del libro. Los directivos de Universal eran reticentes a rodar el guion de un autor con pasado comunista que podía ser el blanco de Hedda Hopper, la escritora de sociedad que se había convertido en el látigo de Hollywood.

Howard Fast empezó a escribir el guion, y pronto se demostró que escribir novelas era una cosa, y otra bien distinta,
elaborar guiones. Su trabajo era aburrido, plomizo, y anodino. Sin valor cinematográfico. Douglas decidió contratar a un segundo guionista, de nombre Sam Jackson, sin saber que bajo este pseudónimo se ocultaba Dalton Trumbo, que utilizaba una docena de nombres ficticios para sortear a las listas negras.

Otra tarea que hubo de acometer Kirk Douglas, era elegir director y actores. En la dirección, deseaba, desde un principio, a Stanley Kubrick, pero hubo de aceptar a Anthony Mann. David Lean rechazó el trabajo, pues ya estaba pensando en Lawrence de Arabia, mientras que William Wyler estaba rodando Ben-Hur, y tampoco estaba  disponible. En cuanto al trabajo de actores, no se arredró, y, ya, desde un principio, quiso contar con Lawrence Olivier, Charles Laughton y Peter Ustinov. Su amistad con Olivier allanó la participación del monstruo inglés, a pesar de su tormentosa separación matrimonial con Vivien Leigh, pero, inicialmente, se empeñó en dirigir y protagonizar Espartaco. Con Laughton, funcionó el dinero. Y Ustinov quedó rendido ante la calidad del guion. Faltaba la protagonista femenina. Gene Tierney estaba en baja forma, Jeann Moureau tenía temporada de teatro, e Ingrid Bergman calificó el guion de Demasiado sangriento. Se contrató a una desconocida actriz alemana, pero no convencía al estudio. Como justo en ese momento llamó Tony Curtis para obtener algún papel, hubo quien bromeó animando a que se le diera el papel de Varinia.

La unión de Lawrence Olivier, Kirk Douglas, y Dalton Trumbo hizo germinar algunas interesantes ideas que perfilarían el papel del personaje de Craso, dándole un toque femenino al estilo del Ricardo III de William Shakespeare. Lawrence Olivier era un rendido admirador del bardo inglés. Trumbo redondeó la historia, al añadir la escena de la piscina, donde el personaje de Craso preguntaba a Antonino cuáles eran sus preferencias sexuales.  Aunque hoy día esto nos parezca bastante inocente, en 1960, todavía con listas negras de autores sospechosos de comunistas, y con el Código Hays en vigor, era algo muy arriesgado.

La conjunción de varios astros del celuloide, cada uno con unos egos bastante crecidos, comprometió la objetividad de Anthony Mann, que se vio sometido a diferentes presiones, pues tanto Douglas, como Olivier, o Ustinov, querían las mejores escenas de la película. Y todavía no había aparecido Charles Laughton, quien, posteriormente, amenazó a Douglas y a su productora, con una demanda por incumplimiento de contrato, debido a que sus escenas se habían reducido. Le fue imposible refrenar a algunas de las estrellas. En especial, Ustinov parecía tener un gran ascendiente sobre él, y empezaron a aparecer escenas que no estaban en el guion, y donde la improvisación empezaba a adquirir carta de naturaleza. Esto disparó los costs, evidenciando que Tony Mann estaba perdiendo el control. Kirk Douglas despidió al director por “diferencias creativas”, y llamó a Stanley Kubrick.

Lo primero que hizo, fue despedir a la  actriz que debía interpretar a Varinia, y contratar, en su lugar, a Jean Simmons. El genio perfeccionista de Kubrick aumentó bastante el presupuesto, y, aunque el rodaje avanzaba, hubo  que poner mucho dinero para las escenas de batalla que el nuevo director quería filmar con la máxima verosimilitud. Pero no se veía el fin. La inicial buena sintonía entre Douglas y Kubrick terminó rompiéndose, porque el productor y protagonista quería incluir una escena a la que Kubrick se negaba. Luego hablaremos de ella.

A su vez, Dalton Trumbo quería abandonar el guion, y la película, porque Laughton y Ustinov se dedicaban a reescribir sus diálogos. El guionista creía que estaba recibiendo un trato degradante. Sólo consintió en volver al trabajo, cuando Kirk Douglas viajó hasta su casa, y le aseguró que pondría su auténtico nombre en los créditos de la película cuando terminase. Y aún hizo más: se lo llevó de incógnito a la sala donde se visualizó el primer montaje de Espartaco.

Mientras tanto, aparecieron artículos donde se insinuaba que el verdadero guionista de Espartaco era Dalton Trumbo. Esto podría movilizar a Hedda Hopper y a la Legión Estadounidense, y llamar la atención del Comité del Senado. Habían pasado más de diez años, y Macarthy había sido destituido, pero las listas negras continuaban. Aunque casi todo el mundo sabía quién era el auténtico guionista, nadie quería decir la verdad, tal era la atmósfera de miedo y pánico que generó el macarthysmo.

Kirk Douglas transcribe algunas acotaciones de los censores. Por su extension, he preferido poner sólo una pequeña muestra:

  • Pág. 1: El atuendo de los esclavos tendrá que cubrirles el cuerpo adecuadamente.
  • Pág. 23: Solicitamos que elimine el uso de la palabra “maldito”.
  • Pág. 24: Los taparrabos deben ser decorosos.
  • Pág. 31: Recomendamos que reconsidere la aparición de la frase: “Nunca tuve una mujer”.
  • Pág. 72: Las escenas de hombres y mujeres bañándose desnudos, serán inaceptables.
  • Pág. 85: El diálogo de esta página invita a pensar claramente que Craso siente atracción sexual por las mujeres y por los hombres. Este matiz debe ser suprimido por completo. Se evitará toda insinuación de que Craso encuentra atractivo a Antonino.
  • Págs. 93 y 94: Toda insinuación de que Craso es un pervertido sexual, es inaceptable.
  • Pág. 142: El siguiente diálogo es inaceptable: “¡Y cuando este niño salga de tu dulce, dulce vientre, quiero que él
    también sea libre!”
  • Págs. 200 y 201: Esta escena parece insinuar el peligro de mostrar en exceso a Varinia, mientras da el pecho a su hijo.
  • Pág. 210: Sería oportuno evitar el acto de amamantar; en cualquier caso, requerirá tratarlo de forma más delicada.2

Como vemos, y como apunta Douglas, hoy en día todo esto nos parecería cómico. Parece que la atención de los censores se extendía desde los detalles más insignificantes, a las escenas donde aparecieran desnudos o relaciones sexuales no convencionales. El representante de Douglas ante la censura creía que la controvertida escena de los caracoles podría ser aceptada, si en lugar de caracoles y ostras, se decía “alcachofas”, y “trufas”. Como dice Douglas, esto era ridículo.

Respecto a una de las últimas escenas, cuando después de la batalla, Craso trata de identificar a Espartaco, Stanley Kubrick no quería rodarla. Kirk Douglas había cedido en numerosas ocasiones, sustituyendo, incluso, al director de fotografía, Russel Metty, pues admiraba el genio creativo del joven director. Se realizaron varios cambios a petición  del director, y esto supuso mucho dinero, pero el resultado fue satisfactorio. Pero esta escena, de la que Douglas dice  que fue ideada por él mismo (pág. 131), hubo de imponerla, pues, no en vano, era el productor del film:

“En voz alta, proclama que aquel que identifique el cuerpo vivo o muerto de Espartaco, será puesto en libertad. De repente, un silencio se cierne sobre los prisioneros. Espartaco se levanta… Al instante, Antonino se pone de pie y  levanta el brazo. “¡Yo soy Espartaco!”. David, el judío, lo imita. Uno tras otro, centenares de esclavos se van levantando poco a poco, gritando todos ellos a pleno pulmón: “¡Yo soy Espartaco!” Craso permanece al margen, contemplando esta pantomima de victoria por parte de un grupo de hombres condenados. Se da media vuelta sobre su corcel, mientras, en sus oídos resuena el grito creciente de los esclavos exultantes, que proclaman al unísono: “¡Espartaco!”, “¡Espartaco!”, “¡Espartaco!”3

Terminado el rodaje, y cuando surgió el tema de a quién conceder los créditos por el guion, cuál no sería la sorpresa de Kirk Douglas cuando vio cómo Stanley Kubrick deseaba arrogarse el mérito de los magníficos diálogos. Preguntado por Douglas, el genio de Brooklyn alegó que se propuso para ofrecer una salida ante el problema de no poder poner el auténtico. Alguno de los ejecutivos presentes se indignó. Pero Douglas estaba decidido a mantener su promesa, y pidió a los presentes que dejasen la decisión para el siguiente día.

A la mañana siguiente, Kirk Douglas invitó a los estudios Universal-MCA, a Dalton Trumbo. Hacía años que el guionista no estaba allí. Con ello, desafiaba años de sospechas y listas negras. Todo el mundo entendió que el nombre de Dalton Trumbo figuraría en los créditos de la película. A continuación, se sucedieron varias llamadas, algunas de ellas bastante sorprendentes, como la que le hizo el director Otto Preminguer, quien estaba rodando Éxodo, y se quejaba de que ahora que él iba a poner a Dalton Trumbo en los créditos, él estaba obligado a hacer lo mismo con Albert Matz, otro blacklisted. Pero las listas negras no estaban muertas. Frank Sinatra, que quiso enfrentarse a ellas, tuvo que ceder. La productora Universal, que era la que ponía la mayor parte del dinero, comenzó a ponerse nerviosa, y para garantizar su exhibición y tranquilizar a los censores, realizó cuarenta y dos cortes sin contar con Kirk Douglas, que era el productor ejecutivo, principal protagonist, y alma del proyecto. Todos los cortes se debieron al contenido, no a la extensión, lo que resultaba insólito. Muchos cortes se hicieron bajo la excusa de que una rebelión de esclavos triunfante en la antigua Roma podía contener un mensaje oculto de promover la revolución en los Estados Unidos. Se eliminaron todas las victorias militares de los esclavos, y sólo se conservó la batalla donde fueron derrotados. Habían gastado ya 12.000.000 de dólares, el triple de lo presupuestado y no estaban dispuestos a arruinarse.

Finalmente, Espartaco se estrenó el 6 de octubre de 1960. Fue a verla hasta el presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy. Aunque la película fue un éxito grandioso de crítica y de público, Kirk Douglas le pidió a su esposa que la próxima vez que se le ocurriera hacer una gran epopeya de época, ella le pegara un tiro.

Recordando los momentos del rodaje, Kirk Douglas, cincuenta años después, explica que lo único que hizo fue tratar de hacer la mejor película posible. Es cierto que esta película contribuyó a acabar con lo que él, muy acertadamente,  llama “la lista de la hipocresía”, pero no olvida la ayuda de otros, como Otto Preminguer, o Eddie Lewis.

Posteriormente, en 1991, se pudieron restaurar y reintegrar algunas escenas que permanecían todavía guardadas, especialmente, la de las ostras y los caracoles, pero había que restaurar la voz, para la que contaron con Tony Curtis, que era el actor original, y como Laurence Olivier había fallecido, le sustituyó Anthony Hopkins. El actor y productor repasa diferentes avatares sucedidos con algunos de sus compañeros de reparto, como la graciosa anécdota de que el óscar de fotografía se lo llevó Russel Metty, sin haber hecho nada para conseguirlo, pues Kubrick le prohibió hacer nada, e hizo todo el trabajo. Sin embargo, tiene un lugar destacado en sus recuerdos Dalton Trumbo, al que  considera el auténtico héroe de toda esta historia.

Fuente: ALONSO, Juan Manuel. (2018). Yo soy Espartaco. CineHistoria. ISSN: 2385-4197.

  1. BAXTER, J.: Stanley Kubrick. T & B Editores.
  2. DOUGLAS, Kirk (2014). Yo soy Espartaco. Madrid: Capitán
    Swing Libros, págs. 154-155
  3. DOUGLAS, Kirk (2014). Yo soy Espartaco. Madrid: Capitán
    Swing Libros, pág. 132

  • Project Name Yo soy Espartaco
  • Date 7 agosto, 2018
  • Category Críticas