Sobre el autor

Sobre el autor

Tomás Valero Martínez es licenciado en Historia por la Universidad de Barcelona, autor de tres libros y de numerosos artículos. Ha impartido conferencias sobre cine y educación en varias Comunidades Autónomas. Es, además, el creador de CineHistoria.com, sitio especializado en las relaciones entre cine e historia, que ha sido citado en publicaciones como los diarios 'ABC' o 'El país', lo que ha propiciado, además, ser entrevistado en medios de comunicación como Mataró Ràdio, Radio Internacional, Radio Vitòria o la Xarxa de Televisions Locals de Catalunya.

Tennessee Williams
Tennessee Williams


Llevaba el Sur tatuado en el alma. Una marca bella y terrible que comenzó a grabar el sol que bañaba las calles de Columbus, Mississippi, aquella mañana de comienzos de primavera. Una ciudad diminuta, casi un pueblo, donde todas las historias se conocían y comentaban casi nunca con benevolencia, donde la intimidad no tenía inmunidad ni entre las paredes de la alcoba, donde alguien arrancó una hoja del calendario de pared y apareció el 26 de marzo de 1911. El nada glorioso día en que nacía Thomas Lanier, más tarde conocido como Tennessee Williams.

Su familia imitaba a las obras de teatro que en el futuro habría de escribir. Su padre vendía zapatos de importación; también bebía y jugaba demasiado. Por suerte, casi siempre estaba de viaje. El pequeño Thomas viviría su infancia junto a su hermana Rose, su madre y sus abuelos. A los siete años contrajo la difteria y durante los dos siguientes, extenuado por la enfermedad, apenas saldría de casa. Su madre alimentaba su cuerpo con sopa y su imaginación con libros de aventuras y revistas. Y como no le agradaba la idea de que se mezclase con otros chicos, cuando cumplió trece le regaló un artefacto novedoso para la época, y también una premonición: una máquina de escribir. El complejo de niño burbuja convertiría a Tennessee Williams en un hipocondríaco convencido de la inminencia de su muerte, en esclavo de un desesperado carpe diem que le arrastraría a todo tipo de excesos, particularmente en lo que a “mezclarse con otros chicos” se refiere. Pero, por aquel entonces, aún era demasiado joven como para ser tan indecente y se contentaba con cerrar los ojos, imaginando realidades que se pareciesen a sus deseos, a la vaga inquietud que le quemaba en el pecho.

Tras acabar sus estudios en el instituto, se marchó a la Universidad de Missouri, aunque su padre lo obligaría a regresar al final del primer curso, pretextando que necesitaba ayuda en el negocio. Thomas consiguió colapsar su sistema nervioso escribiendo febrilmente durante largas noches en blanco; tuvo suerte, en el hospital le diagnosticaron además una dolencia cardiaca que le jubiló prematura y gozosamente del negocio de los zapatos. Su hermana Rose, más radical y loca, le envío una invitación al suicidio: “Muramos juntos”. Pero Thomas prefirió marcharse lejos y se matriculó en la Universidad de Washington y después en la de Iowa. Aquello estaba en el Norte y, por eso, algunos compañeros, impactados por su acento sureño y con escasos conocimientos geográficos, comenzaron a llamarle Tennessee. A él le gustó el alias, “mejor que llamarse Mississippi”, y se lo quedó de por vida.

Sentía pasión por su hermana. Una esbelta y bella damisela de errático comportamiento al que los médicos dieron un nombre: esquizofrenia. Cuando la convivencia con ella se volvía insoportable, la internaban en un algún manicomio; lo cual fue sucediendo cada vez más a menudo. Presa de una paranoia desbocada, poseída por los demonios de su mente enferma, fue sometida a una intervención extrema. Una lobotomía pre-frontal que la convirtió en un inofensivo, abúlico y baboso vegetal. Tampoco Tennessee volvería a ser el mismo; acababa de licenciarse en Iowa y no pudo hacer nada por revocar la autorización que sus padres habían firmado para que la operación se llevase a cabo. El sentimiento de culpa se haría crónico en él, convirtiéndose en una de las arterias oscuras de su dramaturgia; de la locura, del miedo a perder la razón y el sentido de la realidad, también destilaría buen teatro y torrentes de sufrimiento personal.

Después de algunos intentos fallidos por abrirse camino en el mundillo literario, se mudó a Nueva Orleans. El Barrio Francés parecía el coto menos inhóspito para un escritor joven, fracasado en ciernes y homosexual, siempre a la caza de marineros tan musculados como faltos de remilgos. Para sobrevivir trabajó como teleoperador y acomodador en un teatro. En 1943 la Metro– Goldwyn–Mayer lo contrató como guionista y se trasladó a Hollywood. Mientras tanto, su expediente psiquiátrico lo había librado del servicio militar y de pudrirse en la playa de algún islote del Pacífico. Y, por si no fuese suficiente, en 1945 se estrena en Nueva York El zoo de cristal, cuyo éxito fulminante le catapultó hasta el estrellato. Había cumplido 34 años y todos conocían su nombre en los mentideros literarios y teatrales. Con mínimos retoques, Tennessee había subido al escenario la extraña familia que componían su madre, su hermana y él mismo. Amanda, abandonada por su marido y por un pasado maquillado por esa falsa felicidad que emana de los recuerdos, domina a sus hijos adultos, intentando dirigir el rumbo de sus vidas según unos valores trasnochados. Tom trabaja en una zapatería, escribe poemas, convierte al cine en la vía de escape de una existencia que lo asfixia. Laura, atrapada por un pequeño defecto físico que su timidez aumenta, vive encerrada en su mundo, coleccionando figuritas de cristal. Su pequeño zoo. El hijo y hermano se enrolará en la marina, se marchará y con él las últimas esperanzas de aquel hogar anclado en la nostalgia de lo imposible.

El 3 de diciembre de 1947 se estrenará Un tranvía llamado Deseo, la obra que le valdría a Tennessee Williams el premio Pulitzer y a Marlon Brando convertirse en el mejor actor del mundo, según Elia Kazan, director de la obra y de su posterior y mítica adaptación cinematográfica, y en el sex–symbol por antonomasia de la camiseta ajustada. Su brutal y viril belleza dejaba en casi nada a los apasionados besos de Valentino. Aunque, como recientemente se ha comentado al hilo del excelente montaje de Mario Gas aún en cartel en el Teatro Español de Madrid, Stanley Kowalski (Brando) no sea el protagonista, sino el antagonista, en una obra cuyo punto de partida y dramático final enfoca a Blanche DuBois, personaje complejo y, con otros nombres y rodeado de otras circunstancias, recurrente en la dramaturgia de Williams. La mujer madura que se defiende a golpe de ginebra y fantasiosos recuerdos de la inevitable llegada de la vejez y la muerte. La dama antaño admirada, seducida, defraudada por sucesivos amantes y, en definitiva, por una vida que avanza por la decadencia para finalmente precipitarse en la nada. Blanche podría haber prestado su nombre a un estado de ánimo devastador, al de esa melancolía que tanto se parece a la bisutería ostentosa y barata. Si Gustave Flaubert declaraba ser Madame Bovary, otro tanto podría decirse de Tennessee Williams y las diferentes variaciones de su Blanche DuBois.

Corría el año 1947. En un acogedor restaurante italiano vio comiendo a su amigo Truman Capote con un chico moreno arrebatador. Según refiere Capote en la intensa semblanza que trazó de su amigo (Retratos, Anagrama), Tennessee, al que nunca había visto ni volvería a ver tan excitado, prácticamente se abalanzó sobre su mesa y, sin dejar que transcurriesen ni dos minutos de prescindibles presentaciones, le preguntó si quería cenar con él aquella noche. El muchacho no supo qué contestar ante la evidencia de que dicha invitación no incluía al otro escritor sureño, siendo este último quien accedió por él, cediendo a su amante en un gesto de extremada generosidad. Un marinero, siciliano de segunda generación, al que Truman había conocido en la época de la guerra. Frank Merlo fue el gran amor de Tennessee Williams, el hombre de su vida. Su secretario y solícito cuidador, el ancla que le proporcionó estabilidad durante los años más felices de su existencia. Refiere también Truman Capote que, entre sus muchas habilidades, Frank era un genio organizando fiestas. En 1952 recibieron a Yukio Mishima en Nueva York con una suntuosa y refinada corte formada por un centenar de travestis ataviados de geisha. “Y Tennessee se vistió de gran dama geisha y recorrieron el parque toda la noche, hasta el amanecer, bebiendo champán”.

Verano y humo (1948), título sacado de un verso de Hart Crane, su maldito poeta favorito. Otro triángulo de amores difíciles. Alma, nombre nada casual, hija de un reverendo, pese a su timidez y su tendencia al misticismo, no puede evitar sentirse atraída por el salvaje y sensual doctor Buchanan, quien, naturalmente, solo tiene ojos para Rosa, la liberal y embriagadora hija del dueño del casino. Suena a radionovela barata, pero transmutada en la máquina de escribir de Tennessee Williams se eleva hasta la categoría de obra maestra.

La rosa tatuada (1951) desarrolla el drama de la viuda de un camionero abatido por la policía mientras se dedicaba al contrabando. De nuevo, la huida y el enclaustramiento físico y moral, hasta el que Serafina, la protagonista, quiere arrastrar también a su hija, quien se acaba fugando con su novio. Serafina volverá a encontrar el amor en Álvaro, colega de su marido. En la versión cinematográfica de 1955, Anna Magnani y Burt Lancaster, en la dura flor de sus respectivas carreras, encarnan a estos maduros y torturados amantes de tal vez última hora.

La gata sobre el tejado de zinc caliente (1955), perfecta metáfora de una mujer en celo y casada con un atractivo bisexual más dubitativo y desganado que el mismísimo Hamlet. Debo confesar que el ajustado camisón blanco, la tersa piel bronceada y la turbadora mirada violeta de Elizabeth Taylor me ponen muy nervioso cada vez que veo la película, dirigida tres años después por Richard Brooks. Supongo que algo parecido les sucederá a las mujeres con Paul Newman. Una insoportable tensión sexual no resuelta dentro de un drama con resonancias entre bíblicas y “shakespearianas”. El final, pletórico de energía, diríase orgásmico, es de lo más hermoso y optimista que salió de la pluma gótico–sureña de Tennessee Williams.

De 1961 es La noche de la iguana, que cuenta las tentaciones, como si de un San Antonio contemporáneo se tratase, de un pastor protestante retirado, alcohólico y asediado por una lasciva lolita y dos maduritas interesantes. Sue Lyon, Ava Gardner, Deborah Kerr y Richard Burton bajo la dirección de John Huston en los cines de 1964. Puerto Vallarta como telón de fondo.

Sebastian, un joven poeta norteamericano, un hijo de mamá millonaria, muere durante unas vacaciones africanas. Un infarto y un informe donde se mencionan vagamente algunas heridas. Catherine, su bella prima, le acompañaba y al parecer fue testigo de algo que la ha sumido en una balbuceante perplejidad. Su tía Violet, madre del fallecido, la interna en un hospital psiquiátrico y manifiesta su voluntad de hacer un trato perverso, por supuesto disfrazado de compasiva humanidad: donará un millón de dólares a cambio de que a la muchacha se le practique una lobotomía que la deje idiotizada para siempre. Pero el joven y brillante cirujano desconfía de la jugada y, en vez de la operación, le administra el suero de la verdad. De la vergonzosa verdad. El mimado Sebastian era un homosexual sin escrúpulos que chuleaba a su madre, y más tarde a su prima, a cambio de que los hombres terminasen en su propio lecho. Murió devorado por una horda de adolescentes en una orgía caníbal. Eso fue lo que realmente ocurrió en De repente, el último verano (1958). Joseph L. Mankiewicz dirige a Katharine Hepburn, Elizabeth Taylor y Montgomery Clift en la adaptación fílmica de 1959.

Dulce pájaro de juventud (1958) contempla el retorno de un gigoló a su localidad natal, acompañado por una vieja estrella del cine que le ha prometido presentarle a sus contactos en Hollywood. El joven se encuentra de bruces con una historia de amor que se cerró en falso; la que mantuvo con la hija del potentado de la pequeña ciudad, quien le hizo la vida imposible hasta conseguir que se marchase de allí. Final esperanzador con una frase demoledora. Cuando el malvado padre que destrozó aquel amor pregunta qué será de él, Big Mama, la abuela de la chica, le responde triunfal: “Arderás en el infierno”. De nuevo Richard Brooks dirigiendo a Paul Newman, esta vez acompañado de Geraldine Page, en la película de 1962. Desde luego, si hay un escritor que no puede quejarse de cómo le ha tratado el cine, ese debería ser Tennessee Williams.

Ese mismo 1962 murió Frank Merlo de cáncer. Tennessee acompañó su elegante agonía arrodillado junto a su cama en el hospital, sus labios pegados a la mano del amante. Siguiendo a Truman Capote, cabe decir que también lo mejor del dramaturgo murió el día que Frank dejó este mundo. Sintiéndose solo y desvalido, comenzó a mezclar drogas con el alcohol y no volvió a conseguir éxitos como los de antaño. Andaba con gente muy extraña, pasando de la euforia a la depresión en apenas un parpadeo. Pagando por sexo a jovencitos, convencido hasta la médula de la imposibilidad de volver a amar y ser amado de verdad. Aquel infierno acabó cuando se ahogó con el tapón de plástico que estaba utilizando para ingerir barbitúricos. El 25 de febrero de 1983. Truman Capote recuerda a su amigo en la noche del estreno de Un tranvía llamado Deseo (1947). Al final iban bajando las luces, mientras Blanche DuBois se ofrecía al médico y la enfermera que debían conducirla hacia el manicomio, representado por la oscuridad que se apoderaba del escenario, y en un escalofriante susurro confesaba: “Quienesquiera que seáis… siempre he estado a merced de los desconocidos”. Y lo demás fue un silencio que mantuvo petrificado al teatro durante un momento demasiado largo como para no hacer trizas los nervios de toda la compañía y del autor. Hasta que, de repente, “fue como si estallase un montón de globos”, un ciclón de aplausos que obligó a Marlon Brando y Jessica Tandy a saludar hasta dieciséis veces. Acto seguido el público comenzó a reclamar la presencia del autor y Tennessee Williams apareció en escena con un traje azul oscuro que había conocido mejores tiempos, “gastado por incontables asientos de metro”. Con una tosca pero fascinante elegancia sureña, logró articular dos o tres palabras de gratitud. “Y de pronto, mientras yo contemplaba sus reverencias ante la ensordecedora ovación, pareció retirarse del escenario y desvanecerse tras el telón…, conducido por el mismo médico que había guiado a Blanche DuBois hacia una oscuridad en la que nadie desearía verse inmerso”.

Fuente: ARIZA, Manuel. (2018). “Tennessee Williams, un escritor de película”. CineHistoria. ISSN: 2385-4197.


  • Project Name Tennessee Williams, un escritor de película
  • Date 3 agosto, 2018
  • Category Ensayos