Ángel Viñas ha remozado recientemente los estudios sobre la II República durante la Guerra Civil con la trilogía publicada en Crítica y formada por La soledad de la República. El abandono de las democracias y el viraje hacia la Unión Soviética (2006), El escudo de la República. El oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937 (2007) y El honor de la República. Entre el acoso fascista, la hostilidad británica y la política de Stalin (2008). Una ambiciosa saga histórica que ya es una obra de referencia sobre el tema; una buena reseña de la serie, recientísima además, de Gabriel Jackson en Revista de libros ilustrará a profanos e interesados en el tema. Pero quedaban flecos pendientes, como no podía ser de otra manera ante un tema de esta envergadura, y Viñas, en colaboración con Fernando Hernández Sánchez, ha tratado de analizarlos en su último libro: El desplome de la República (Crítica, 2009).
No es este un libro más sobre la etapa final de la República y, por ende, de la Guerra Civil española. Decir que rompe mitos es evidente, pero no sólo los rompe, sino que nos interpreta:
«Romper mitos, como en su momento lo hizo el siempre añorado Herbert R. Southworth, es una tarea difícil, aunque por fortuna ya no es tan peligrosa como cuándo él la acometió. Para proseguir su tarea, hemos optado por acudir, en la mayor medida posible, a las fuentes primarias de la época. Nuestra intención ha estribado en restablecer ante todo la génesis de los hechos como paso imprescindible para indagar acerca de lo que hubo, o no hubo, detrás de ellos». (p. 455)
La deriva de la República en sus últimos meses –ambos autores inician el libro en los días posteriores a la caída de Barcelona, el 26 de enero de 1939, y siguen su andadura hasta prácticamente finales de marzo– ha sido vista desde la historiografía más conservadora como el epílogo de un régimen en manos de los comunistas, que manipulaban al presidente del Gobierno, Juan Negrín, como si fuera una marioneta. Esta visión, utilizada al mismo tiempo por franquistas, sectores socialistas, anarquistas y burgueses de izquierdas, ha lastrado el estudio documentado del final de la República, dictadura franquista mediante (con todo lo que ello significaba respecto al acceso a fuentes primarias). Viñas lleva tiempo desmontando muchos mitos al respecto de esta visión y ahora, en conjunción con Hernández Sánchez –que está ultimando una tesis doctoral sobre el PCE durante la guerra–, nos ofrece una interpretación documentada de las últimas semanas del régimen republicano.
Va a ser esta una reseña en la que tanto Viñas como Hernández Sánchez van a tener la voz cantante. Ambos autores parten de un estudio, sobre todo, de fuentes. En el verano de 1939, ya finalizada la guerra y a punto de firmarse el pacto nazi-soviético, los líderes del PCE, exiliados en Moscú, escriben un informe secreto para Stalin en el que desarrollan un relato de lo sucedido en el último año de la guerra. Un informe que se conservaba en archivos españoles, pero que apenas ha sido consultado, mucho menos utilizado. Concretamente, se trata de un legajo (vol. 20/3) del Archivo Histórico del PCE (AHPCE) en el que se encuentra un documento de 158 páginas que se utilizó para Guerra y revolución en España, el estudio «canónico» del PCE sobre la Guerra Civil dado a conocer en los años sesenta y setenta del pasado siglo. Un texto político e ideológico, pero que desmonta muchos de los mitos de la fortaleza del propio PCE en los momentos finales de la República. Un texto que aporta nuevos puntos de vista sobre el papel de Juan Negrín, de Manuel Azaña, de Segismundo Casado, de Julián Besteiro, de Cipriano Mera y de los líderes comunistas. Un documento que, por sí solo, no explica lo sucedido en el final de la guerra, pero que, confrontado con otras fuentes de archivo, memorias de los principales personajes y literatura secundaria, nos ofrece un rico, sorprendente y especialmente nuevo panorama.
Ya lo comentan los autores en el prólogo respecto a la documentación empleada:
«En la redacción de la presente obra hemos procedido de manera rigurosamente inductiva. Para ello,
–hemos expandido hasta donde nos ha sido posible la evidencia primaria y relevante de la época. Lo hemos hecho buscando allí donde debe buscarse, es decir, en archivos españoles y extranjeros, oficiales y privados.
–Hemos utilizado documentos descubiertos en los archivos parisinos de Juan Negrín, que nos han permitido resolver algunas incógnitas que han permanecido sin respuesta en la literatura.
–Hemos recurrido, por último, a algunas de las aportaciones de notables historiadores extranjeros (que siguen siendo ninguneadas por los autores neofranquistas, ya sean académicos, aficionados o meros propagandistas) en la medida en que ayudan a destruir sus falaces interpretaciones» (p. 13).
Trabajo directo sobre fuentes, insisten ambos autores, huyendo de los apriorismos propios de la historiografía neofranquista (Ricardo de la Cierva y José María Zavala son los autores de esta, por así llamarla, tendencia más criticados en el libro) y de los recuerdos falaces de Casado en sus memorias. Un estudio, pues, minucioso y que se desgrana punto a punto, para llegar a conclusiones que echan por tierra la visión habitual del «gigante» PCE:
«La documentación que aportamos en este libro muestra, […] que en marzo de 1939 el PCE era un gigante varado y a punto de desintegrarse por la acción combinada de fuerzas externas y de una acelerada descomposición interior. Junto con la República y el proyecto frentepopulista se desplomaba la fuerza política que […] mejor había sabido encarnar al pueblo republicano y su proyecto antioligárquico e interclasista. El golpe de Casado precipitó el proceso, pero las raíces profundas de la debilidad del aparente coloso hay que buscarlas en su propio proceso de evolución durante la guerra. No es algo que haya estudiado la literatura que pretende seguir sentando autoridad» (p. 60).
De este modo, la imagen que Viñas y Hernández Sánchez ofrecen del PCE diverge de lo que habitualmente se ha mostrado:
«El PCE, por el contrario, se mostró capaz de atraerse a distintos sectores sociales, dirigiendo a cada uno de ellos un mensaje específico (defensa de las conquistas sociales republicanas para el proletariado, aseguramiento del orden para las clases medias, respeto a la pequeña propiedad y reforma agraria para el campesinado así como un nebuloso concepto de revolución trufado de antifascismo y patriotismo para la juventud). Todo ello lo convirtió en una organización de masas capaz de recrear en su interior la alianza interclasista del Frente Popular destrozada por la rebelión militar […]» (pp.152-153).
Pero no sólo se resquebraja la visión monolítica de los comunistas como dueños y señores del gobierno de Negrín: ambos autores fustigan la visión casadista del final de la República y de la guerra. Esa imagen que tradicionalmente trataba de justificar el golpe militar de Casado (y Besteiro) como prevención ante el golpe, supuestamente más fuerte, que los comunistas (con Negrín) estaban a punto de dar. Una imagen que pivota, además, en la dependencia del Gobierno Negrín respecto a la Unión Soviética desde varios meses antes:
«En definitiva, a comienzos de 1939 planeaba sobre el espectro político republicano no comunista y opositor a la línea del Gobierno Negrín un marco conceptual en el que la presunta subordinación de éste a los intereses soviéticos y la no menos presunta búsqueda de la culminación de la hegemonía por parte del PCE se enlazaban de manera inextricable. En este sentido es preciso despojar tajantemente a Casado de la “originalidad” de haber ideado la existencia de un supuesto complot comunista. Lo que Casado hizo no fue sino adueñarse en beneficio propio de un estado de ánimo qu muchos socialistas caballeristas y los anarquistas se habían encargado de inflar desde el corte de la zona republicana» (p. 177).
El estudio de Viñas y Hernández Sánchez, insisto que sobre documentación de archivo, desmonta la teoría casadista y el mito del golpe comunista tras la caída de Barcelona:
«Lo que estaba sobre la mesa no era preparar un golpe sino prever acontecimientos y contar con un aparato capaz de hacerles frente. Los comunistas habían aprendido del derrumbamiento del Estado en Cataluña y temían que en la zona centro-sur fuese más rápido y catastrófico. El presunto golpe que anticipaban los casadistas (y que luego potenciarían los autores franquistas) traducía, en realidad, la necesidad de montar un dispositivo que sostuviera al Gobierno y al partido, por este orden, con gente firme y segura. Es decir, lo lógico en las circunstancias» (p. 239).
Si Casado recibe las críticas de los autores, no en menor lugar queda Julián Besteiro, de quién se critica su falta de una visión de la situación real, empeñado en atacar a Negrín, como responsable de la deriva del régimen republicano hacia la derrota final, y de los comunistas españoles, agentes de Stalin en España:
«En qué medida Besteiro había calado en el juego internacional está por demostrar y no conocemos a ningún autor que haya, hasta ahora, pretendido hacerlo documentadamente. Lo que sí pareces es que no sabía por dónde habían ido los tiros. […] Hay que recordar que hacía tiempo que Besteiro quería jugar un papel político de primera línea. No había ocultado su deseo de sustituir a Negrín si contaba con el apoyo de Azaña. […] Al no materializarse la posibilidad que buscaba, Bssteiro debió ver reforzada su creencia de que era el hombre que podía sacar a la República del atolladero en que Negrín la había introducido y conseguir la paz con Franco» (pp. 309-310).
Casado, en el que pesaban tanto sus ambiciones como sus rencores (hacia Negrín y Azaña, este último por desidia), no es sólo el responsable último del desplome de la República: Besteiro, los anarquistas liderados por Cipriano Mera, algunos jefes militares en la zona centro-sur son también corresponsables de los sucedido:
«En puridad, Franco hubiese debido levantar un monumento a casado, Buiza y Besteiro. También a alguno de los libertarios más destacados como el propio Mera. La huida de la Flota [de Cartagena] y el golpe casadista no sólo propiciaron el desplome de la resistencia republicana sino que también destrozaron las posibilidades de evacuación, que tanto habían preocupado a Negrín. Como consecuencia inevitable, millares y millares de jefes, oficiales y soldados republicanos cayeron en las manos de los vencedores. Los había de todo pelaje pero abundaban denodados luchadores de las más variadas tendencias –socialistas, comunistas, anarquistas–, que de haber podido escapar hubiesen quizá formado un núcleo importante de aguerridos luchadores para alimentar la resistencia desde el exterior –incluso la dirigida contra el Eje–. Tal y como sucedieron las cosas, su destino fue muy distinto: el paredón, los campos de concentración, la cárcel y una represión implacable que, en los casos en que les dejó con vida, les inhabilitó durante largos años, destrozó sus vidas y les hizo gozar del tipo de clemencia que entendían imponer los vencedores. No es de extrañar que sean escasos los autores franquistas, anarquistas o plumistas que hayan llevado hasta sus últimas consecuencias el análisis concreto del proceso que condujo a la desintegración de la resistencia republicana. Tendrían que derribar numerosos ídolos, numerosas creencias, numerosos artículos de fe y eso, por definición, no es aceptable para una literatura de combate» (pp. 362-363).
Pero no piensen los lectores que en esta asunción de culpas y responsabilidades quedan exentos los líderes republicanos. Manuel Azaña, presidente ya claramente derrotista de la República, incapaz de actuar desde las postrimerías de la batalla del Ebro, recibe una crítica por parte de los autores. Su manejo de la situación, prácticamente inexistente, le cataloga como un émulo de perro del hortelano, que ni come ni deja comer. Conocedor de primera mano de la situación internacional, de cómo Francia e Inglaterra se plegaban a las amenazas de Alemania, no supo catalizar el apoyo de estos dos países para forzar un acuerdo de paz, si no favorable, al menos honroso. Lúcido durante los primeros cinco años de República, durante la guerra Azaña se hundió en la desesperación, fatalmente convencido de que no había salida posible a la guerra. Se comprende esta actitud, pero uno se pregunta por qué no renunció y dejó en otras manos más enérgicas el liderazgo de la República. Sus constantes trifulcas con Negrín no facilitaron la gobernabilidad del régimen republicano en un escenario cuarteado y en franca retirada. Y en las últimas semanas, Azaña, pugnando por salir de España, no supo, no pudo o no quiso la situación:
«No juzgamos favorablemente la conducta de Azaña. Tampoco lo hicieron Zugazagoitia e incluso Rojo, que le había visto actuar durante la guerra civil. Era un político de larga experiencia, interna y externa. Había viajado. Se relacionaba con extranjeros. Había sido bombardeado constantemente con informaciones sobre la evolución doméstica e internacional a lo largo de la guerra. Hizo análisis excelentes, que han resistido el filo del tiempo y la contrastación con la evidencia primaria. También se fabricó fijaciones. Su deseo de terminar la guerra era explicable, pero no era el único que lo tenía. También lo tenían Rojo, y Álvarez del Vayo, y Negrín, y los socialistas. Incluso, a partir de cierto momento, los propios comunistas […]. El problema era cómo lograrlo. Tal vez los resistentes se equivocaron pero ello no equivale a afirmar que Azaña tuviera razón. No careció de buenas intenciones pero, como es notorio, de ellas está empedrado el camino del infierno. Eligió la vía fácil. No sorprenderá que hayan llovido sobre él toda suerte de críticas […]» (pp. 135-136).
No ahorran tampoco los autores críticas sobre Negrín y su política resistencialista y desesperada. Pero rechazan sin paliativos la imagen de un presidente del Gobierno (con todos los errores que pudo cometer) entregado a la mitificada omnipotencia comunista:
«En cualquier caso es sobre Casado, y no Negrín, que debe caer la responsabilidad histórica de haber inducido la desintegración de la resistencia republicana de forma tal que dejó estancados a millares y millares de combatientes. Cómo se hubiera configurado su evacuación de haberse podido avanzar en los planes negrinistas será siempre especulativo. No cabe duda, sin embargo, de que la realidad fue la más amarga y desastrosa posible y […] la mejor que Franco jamás hubiera podido deseado» (pp. 289-290).
Pero no sólo se narran los sucesos finales de la República y la guerra en este libro. En los últimos capítulos, ambos autores analizan el contexto internacional (enero-agosto de 1939), y explican como el elemento externo pudo influir en las actuaciones en el interior. Y llegan a la conclusión de que, como ya Viñas analizó en su trilogía, la Guerra Civil española era un conflicto que «no era sino el preludio a una confrontación futura a nivel europeo»:
«No se trató de una noción acuñada por los comunistas o por Negrín. Desde los primeros momentos de la guerra civil, los republicanos la esgrimieron en múltiples declaraciones, en contactos políticos y en gestiones diplomáticas. Una persona tan poco sospechosa de pro sovietismo como Largo Caballero ya dio el tono en septiembre de 1936 tras asumir la presidencia del Gobierno. […] Nada de lo que transcurrió durante la guerra misma permitió modificar esta interpretación: la República fue objeto de una agresión en toda regla por las potencias del Eje. A la guerra civil se le añadió un componente de resistencia contra el fascismo. Si España era víctima de tal agresión, era previsible que el ánimo imperialista de los dictadores fascistas no se detendría en la Península. En aquel momento tocaba a los españoles ser víctimas. No tardarían otros europeos en serlo a su vez. Esta convicción impregnó a todos los Gobiernos republicanos, a la mayor parte de los partidos del arco frentepopulista y, por supuesto, a los combatientes del EP [Ejército Popular]. Para Negrín y algunos otros, entre ellos el PCE, pero también grupos socialistas y de la izquierda burguesa, la República debía resistir todo lo posible» (pp. 382-383).
En resumen, y para ir concluyendo una reseña que se alarga demasiado, se reconstruye, hasta cierto punto, el final de la Guerra Civil y, por tanto, de la República. Todo ello con un estilo ágil, detallista pero ameno. El lector no dejará de notar la pasión (cuando no visceralidad) de Ángel Viñas en relación al desmonte de las tesis más conservadoras (o neofranquistas). Un apasionamiento que, aunque no exento de argumentos contrastados, sí que es cierto que puede llegar a resultar cansino y repetitivo. Por otro lado, el libro se complementa con el informe secreto a Stalin, cuidadosamente anotado y comentado, y con un CD en el que se aportan diversos documentos (más de 400 páginas) que los autores pertinentemente han ido citando en el libro. Un estudio pues, completísimo, con argumentos sólidos y que trabaja aquello que la literatura histórica que tiende más hacia el best-seller que a la investigación seria y rigurosa no desarrolla: el estudio y análisis de fuentes documentales.
Un buen libro, pues, dignísimo colofón a la trilogía de Viñas y que abre nuevas perspectivas para la investigación del período final de la República y la Guerra Civil.
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